PAÍSES VISITADOS

centroeuropa.

Agosto 2019: Recorriendo centroeuropa: Austria, Hungría y Eslovaquia. (Pablo y Rally)

 

 

Pues nada, que el verano de 2019 iba dar mucho de sí, y es que tras pillar una conexión de vuelos baratos al centro de Europa, y poder cuadrarlo con las labores de padre de familia, tocaba conocer 3 países que darían mucho jugo. En esta aventura iría acompañado por primera vez en un viaje, por Pablo, un compañero del equipo fútbol y viejo amigo desde la adolescencia, del que no conocía su faceta viajera, que es envidiable, por cierto.

 

El recorrido nos iba a llevar por tierras austriacas, con parada en Salzburgo y Viena, continuando por Budapest en Hungría, y acabando en Eslovaquia, pero con vuelo de ida y vuelta desde Viena, durmiendo en el aeropuerto la última noche.

Llegamos al aeropuerto de Viena hacia el mediodía, pillando un tren que nos llevaba directos desde allí hasta la ciudad de Mozart, la famosa pero pequeña Salzburgo. Allí estaríamos dos días, paseando el primer día por la tarde por las callejuelas del centro de la ciudad, al otro lado del río Salzach, que da nombre a la ciudad. Allí nos hicimos las correspondientes fotos en el puente Makarsteg, famoso por los candados que dejan allí los enamorados, para continuar por las calles peatonales con un helado en la mano, y viendo el ambiente que había por la plaza de Mozart, la Catedral de Salzburgo, etc., pero sin llegar a entrar a la famosa casa-museo de Mozart, que tanto recomendaban las guías locales. El tiempo no nos acompañó en este primer día, porque no parábamos de tener fresco y cielo nublado, pero claro, el hecho de estar cerca de los Alpes, algo tenía que ver... Acabamos la tarde paseando por los jardines Mirabellgarten, a los que no entramos en la estancia del Palacio, aunque no recuerdo el motivo.

La noche la acabamos en el centro cenando en una terraza una grandísima pizza, cerca de la plaza del teatro de Salzburgo. No sería nada relevante el hecho de la cena, salvo que tuvimos que irnos sin pagar, porque tras insistir con la cuenta varias veces, e incluso levantarnos y entrar al mostrador, parecía que nadie nos hacía caso, así que hartos de esperar, decidimos marcharnos al tener prisa y estar cansados...

 

El segundo día estuvimos paseando por el centro de Salzburgo bajo un sol espléndido, que nos acompañó en la subida a pie al castillo, conocido como la Fortaleza Hohensalzburg, en donde sí compramos la entrada para acceder a su interior, dada la caminata que habíamos tenido que hacer para llegar hasta allí, y en espera de que mereciera la pena... Tuvimos que esperar un buen rato para entrar, porque había colas importantes (especialmente turistas asiáticos, que aún nos preguntamos el por qué, en compración con los escasos que vimos en el resto de ciudades del viaje...). Tuvimos suerte y había un audio guía en español, que nos ayudó a comprender tanto la historia del castillo, como lo que estábamos viendo allí dentro, y sinceramente mereció la pena el dinero invertido. Además la visita se completaba con una salida al tejado de las torres, desde donde se podían contemplar unas vistas espectaculares, no sólo de la ciudad de Salzburgo, si no, de todo el resto de paisaje a su alrededor, todo plagado de un verde espectacular.

 

Acabada la visita del castillo, estuvimos comiendo por el centro (a precios nada populares, todo hay que decirlo, auqnue sabía menos mal después del "sinpa" de la noche anterior), para ir por la tarde andando hasta la otra punta de la ciudad, a ver el estadio del Red Bull Salzburg, el equipo amado por unos y odiado por muchos por el tema del patrocinio de la bebida energética que da su nombre. Y es que en la ciudad todo giraba en torno a dicha marca, porque había tiendas de sus productos (fútbol, fórmula 1, motos...) por todos lados, anuncios publiciatios..., y es que el dinero que debe dejar en la ciudad debe ser bastante. Eso sí, quien crea que un bote de Red Bull, es allí mas barato, está equivocado, y el precio es el típico europeo, lo cual resultaba cuanto menos curioso...

La visita al estadio no valió para nada, ya que no se podía entrar ni había sala de trofeos o algo parecido, lo único que había abierto, era la tienda oficial del club. A la vuelta tuvimos que quedarnos un rato sentados en un parque a descansar, y es que las caminatas que nos pegamos Pablo y yo estos días fueron épicas, caminando una media de unos 30 kilómetros (sí, no osmiento), por todas las ciudades que visitábamos, sin apenas hacer uso del transporte público, salvo los trenes de larga distancia de una ciudad a otra.

Tras el pertinente paseo por toda la ciudad, tocaba coger las mochilas, y pillar a eso de las 23h el tren que nos llevaría a Viena, y es que los horarios que pillamos no eran muy buenos, pero eran los únicos que tenían precios decentes para no acabar arruinados en estos días.

Por suerte el hotel lo teníamos bastante céntrico, y no muy lejos de la estación de tren, así que esa noche enseguida nos fuimos a dormir para coger fuerzas para el día siguiente.

 

El siguiente día nos tocaba visita al campo de concentración nazi de Mauthausen, en el que tantos españoles habían perdido sus vidas, de lo más de 35.000 que allí perecieron. El problema era la odisea que implica llegar hasta el propio campo en transporte público, y es que éste se cuentra a las afueras de la ciudad, a unos 4 km andando desde la estación de tren y sin haber autobús que llegase hasta allí, lo cual hace que no tenga tantos visitantes como debiera.

Tras andar los correspondientes 45 minutos, atajando lo que pudimos por el pequeño pueblo de Mauthausen, (y recibiendo algún que otro "piropo" no muy bonito de algún serbio o bosnio a Pablo por llevar una camiseta de Croacia), conseguimos llegar al campo de concentración, en donde lo primero que hicimos fue dejar las cosas de ropa que llevábamos en las taquillas, y pillar el pase para entrar. Entrada que es gratuita, lo quel era de agradecer bastante, ya que además te daban una audio guía y plano en español, que te iba explicando punto por punto los lugares más destacables de dicho campo de concentración.

Así fuimos recorriendo espacios como la puerta de entrada, los campos de trabajo que hay a las afueras de los muros, el memorial que hay de todos los países con muertos en el campo, con el de España con banderas republicanas, etc. La entrada y los barracones que hay en el intrior, al estar todo vacío, impresionan bastante poco, e incluso cuesta hacerse a la idea de que allí había gente muriéndose todos los días, porque parece más el típico campamento de verano de los boy scouts (Pablo había estado ya en Auschwitz y decíaq ue no tenía nada que ver). Sólo las narraciones de la audio-guía te hacían volver a la realidad de qué horror se había producido allí, o al ver los alambres con pinchos, donde habían muerto muchos intentando escapar, etc.

Pero lo más llamativo, y a la par interesante y sobrecogedor, es el barracón, en el cual se encuentra el crematorio, y al lado una especie de museo-memorial, con fotos de los fallecidos allí, y restos dejados por sus familiares en sus lenguas (muchas en español, que estremecía al leerlas, imaginándo el sufrimiento de todos ellos), y completado con una gran sala en donde estaban escritos todos los nombres de los muertos en el campo, así como todos sus datos personales, que se podían consultar.

Esa es la parte que más conmovía e impresionaba del recinto, pero quizás lo que más recuerden muchos, y por lo que ha pasado a la historia también este campo de concentración, fue por la cantera de granito que hay a las afueras del recinto, en donde se encuentra la famosa Escalera de la Muerte, con sus 186 escalones, que tenían que subir los presos cargados de piedras a sus espaldas, en condiciones inhumanas, entre ocho y diez veces al día, y que haría que muchos perdieran la vida allí. Y los que no la perdían allí, lo harían en el Muro de los paracaidístas (como lo llamaban los nazis), un enorme precipicio, por el cual eran lanzados al vacío los prisioneros cuando ya no les servían de mano de obra o como castigo.

 

La zona de la Escalera de la Muerte estaba vallada, y no se podía acceder desde la parte del campo de concentración, pero sí, desde la propia cantera abajo del todo, atravesando una pequeña valla, por lo que tras la visita del recinto, decidimos ir andando hasta ese lugar, para contemplar la cantera y la escalera in situ, aunque Pablo no quiso subir los escalones, yo sí hice el paseo por los 186 escalones, que aunque reformados seguían estremeciendo cuerpo y alma de quien por allí pasaba.

Para quien quiera concoer más sobre la historia de este campo de concentración, hay una película que cuenta la historia del fotógrafo Francisco Boix, un prisionero republicano español, que logró hacer varias fotos del campo de concentración, el día a día y el estado de sus gentes, que luego servirían para condenar a muchos dirigentes nazis al acabar la Guerra.

La vuelta transcurrió con un cansancio considerables, depsués del pateo que llevábamos encima, parando a comer en un bar en el propio pueblo de Mauthausen a la espera de pillar el tren de vuelta a Viena. Sería en la propia estación donde nos daríamos de que Pablo se olvidó mi chaqueta nueva en las taquillas del Campo de concentración, sin poder hacer nada a esas alturas, y teniendo que solucionarlo días después vía telefónica, chapurreando un inglés lamentable, para explicar lo sucedido y que ya no podíamos volver a por ella, para intentar que la enviaran de vuelta a Madrid pagando lo que hiciera falta. Tendría final feliz, porque llegó gratis sana y salva, cosa que en cualquier otro lugar o habría desaparecido, o bien habrían cobrado los gastos de envío, hecho que había que agradecer sobremanera. Esa noche salimos a tomar algo, pero la cosa fue tranquila, porque además yo iba en chándal y me dejaban entrar en ningún pub.

 

Al día siguiente tocaba por fin visita guiada de la ciudad, con el famoso formato de Free Tour, que nos llevó a visitar el Burggarten, con el monumento a Mozart como elemento más característico, visitando también el Parlamento vienés, el Palacio Hofburg, donde residió un tiempo la famosa emperatriz Sisi, la Plaza de los Héroes situada justo al lado del palacio, así como la Catedral de Viena. La verdad es que, ni Pablo ni yo estuvimos muy atentos a la charla de la guía, porque nos pesaba el cuerpo de la noche anterior aún, por lo que poco más os puedo contar de la visita.

Al final acabamos conociendo a una chica chilena, Camila, profesora en su país, que estaba de mochilera por Europa, con la que fuimos a tomar algo y comer, charlando yo por la tarde con ella en un parque sobre viajes y aventuras, mientras Pablo dormía la mona en la habitación del hotel, despidiéndonos de ella esa misma tarde, porque iba en dirección contraria a nosotros en su viaje europeo. Por la noche, decidimos salir a pasear por el centro una vez más, cenando en plan cutre un kebab en un puesto callejero (donde casi todos éramos españoles, y es que la economía manda oiga) y visitando algunos pubs de la ciudad, donde, tras varias calabazas de hembras austríacas, estuvimos hasta que a Pablo se le acabaron las energías y el dinero, volviendo al hotel, con una borrachera el paisano de aúpa, llegando a quedarse dormido incluso en la taza del wc en la habitación, para que os hagáis una idea del percal.

 

 

Nuestro último día en Viena, se completaba con una visita a pie hasta el Palacio de Schönbrunn, situado a las afueras de la ciudad, y conocido como el Versalles vienés, construido en el siglo XVII por el emperador Maximiliano II, en donde estuvimos paseando por los fabulosos jardines, al no tener tiempo para entrar a ver los edificios por dentro. No obstante, sólo la visita de los jardines y fuentes merecía muchísimo la pena, y es que el lugar es grandísimo, a la par que espectacular, y desde el cual además se puede contemplar casi toda la ciudad de Viena.

A mediodía teníamos el autobús que nos llevaría hasta Budapest, por lo que aprovechamos para comer en la estación en un Burger King (lo de comer sano esos días con nosotros no iba, la verdad...), y aprovechar para echar una cabezadita en el viaje.

 

Cuando llegamos a Budapest, lo que más nos llamó la atención era la diferencia con respecto a Viena. Y es que mientras que Viena daba un aspecto muy glamuroso, limpio, elegante, jardines, plazas, etc., en Budapest era todo lo contrario, y se dejaba notar que aún la economía del país sufre los estragos de la transición del comunismo al capitalismo, viendo mucha pobreza en las calles, edificios más viejos y feos, más suciedad en las calles, muchas prostitutas, etc.

Nosotros habíamos pillado un apartamento cerca de la estación de trenes, en el entorno del Puskas Arena, aunque un poco lejos del centro, pero nada que no pudiéramos hacer andando, con nuestra media maratoniana diaria. Lo primero que hicimos tras bajar del tranvía fue unas cuantas fotos a tan mítico estadio, y es que Budapest y Hungría en general siempre había sido una de las regiones que más equipos y jugadores había dado a nivel mundial.

Tras dejas las cosas en el apartamento, situado en una zona residencial muy tranquila, nos pusimos manos a la obra para conocer el centro histórico, caminando hacia el río Danubio, contemplando la ciudad de noche, con todos sus edificios iluminados, lo cual daba una belleza a la ciudad, que haría que nos encantaría y dejara enamorados desde el primer minutos, muy por encima de la monumental Viena.

Una vez cenados, y con las respectivas fotos hechas, tocaba irse pronto a la cama, ya que al día siguiente había visita guiada, nuevamente al estilo Free Tour, con una chica estudiante española, que nos explicó muy bien la historia de la ciudad, su origen, y especialmente los años de la Guerra Fría, que tanto habían marcado a la ciudad y al país en general.

El recorrido lo comenzamos en el Parlamento, el cual era espectacular, aunque a mi parecer, aún más bonito por la noche y visto desde el propio río, como haríamos esa tarde, allí mismo en la plaza, estuvimos contemplando los adornos con forma de bolas redondas en las paredes, que recordaban a los lugares exactos en donde había caído la metralla de los soldados húngaros, tras los incidentes y protestas de la llamada "Revolución Húngara" de 1956 contra los soviéticos. No muy lejos de allí estaba el memorial soviético de la Segunda Guerra Mundial, justo enfrente de la embajada de Estados Unidos, y todo ese jardín de monumentos acababa en la llamada Plaza de la Libertad, donde había otro en recuerdo de los judíos muertos durante el nazismo.

Al lado de la Basílica de San Esteban, se encuentra una pequeña estatua que representa a un soldado gordo, al cual hay que acariciarle la barriga, si no recuerdo mal, para que te diera suerte y volvieras a visitar la ciudad. Paseamos también por allí por el llamado "Ojo de Budapest", que es realmente una noria, en la que puedes subir y contemplar la ciudad desde lo alto, y acabamos la visita en la Gran Sinagoga judía de Budapest, que mostraba la importancia que habían tenido y tienen los judíos en esta ciudad (Los días que estuvimos nosotros estaba la ciudad plagada de militares y policía por todos lados, porque se celebraban los Juegos Macabeos, con más de 2.000 jóvenes judíos de todo el mundo compitiendo allí).

Pasamos también, por una serie de murales que recordaban al llamado Ángel de Budapest (Ángel Sanz Briz), un diplomático español durante la ocupación nazi, que liberó desde su puesto de emebajador español, a más de 5.000 judíos húngaros, pero del que apenas se conoce su historia, porque no vende tanto como la vida de Schindler...

 

Acabada la visita guiada, estuvimos visitando unas cuantas tiendas de deporte, en las que conocimos a un dependiente muy futbolero, con el que chapurreando algo de inglés, estuvimos un buen rato hablando del fútbol actual y pasado de Hungría. Y es que Hungría fue la cuna del fútbol europeo allá por años 50 y 60 con futbolistas d ela talla del madridista Púskas, los culés Czibor, Kocsis o Kubala, y con equipos muy importante como fueron el Ferencvaros (del que Pablo se compró un pantalón corto de recuerdo el día siguiente en la tienda oficial del estadio), o los hoy venidos a menos del Vasas, el Honved, el MTK Budapest o el Ujpest, todos ellos ensombrecidos por el famoso Videoton (hoy llamado MOL Vidi, controlado y patrocinado por una petrolera que hace que sea el más poderoso del país).

Esa tarde aprovechamos para contratar un paseo en barco por el Danubio, y es que ir a Budapest y no pasear en barco por el río era un delito que no podíamos cometer. Supimos hacerlo bien, porque contratamos una oferta que había que podías viajar en barco también al día siguiente, por lo que un día lo hicimos de día y al día siguiente por la noche.

El paseo en barco del primer día nos llevó por el río Danubio hasta la zona de la isla Margarita, donde daba la vuelta para volver al punto de inicio, pudiendo contemplar desde el río, el Parlamento, el Bastión de los Pescadores, las termas Király, el Castillo de Buda, la Ciudadela, o el famosísimo Puente de las Cadenas.

 

El día siguiente nos levantamos un tanto temprano, para poder visitar lo que habíamos dejado sin ver el día anterior, especialmente al otro lado del río. Así pues, no pusimos manos a la obra y tras caminar el habitual tiempo correspondiente, llegamos no sin mucho esfuerzo, por ser todo subidas, al Castillo de Buda. había la opción de subir en bus, pero decidimos hacerlo andando, con la suetre de que por esa zona que entramos nosotros no había mucha gente, y se podía pasear con relativa calma. El lugar era muy bonito, especialmente por las vistas, porque no llegamos a ver el interior de ningún edificio. al cabo de un rato en la zona, decidimos poner rumbo a la Fortaleza del Bastión de los Pescadores, donde vimos la majestuosa iglesia de Matías, y estuvimos un rato charlando con una mujer pintora, que había estado unos viviendo en Ibiza y hablaba muy bien español.

Tras la visita de ambos edifcios, volvimos a bajar al centro Budapest a comer en la zona céntrica, en la zona peatonal de la calle Vaci, para posteriormente viistar un rato un mercado tradicional, por el que habíamos pasado varias veces por delante, sin darnos cuenta de su existencia, el Mercado Central de Budapest, del cual muy recomedable su visita, aunque bien es cierto que estaba hiper abarrotado de turistas (un estilo Mercado de la Cebada o el de San Miguel en Madrid centro).

Toda vez que reposamos la comida paseando por allí, nos fuimos, nuevamente andando, hacia la Ciudadela y el Memorial de la Guerra que hay al lado suya. La subida hasta dicho lugar sí que era muy empinada y dejaba sin respiración a más de uno, por lo que al llegar a la cima, nos tomamos un merecido refrigerio contemplando el panorama, así como el ambiente húngaro. Desde allí, en lugar de bajar por el mismo sitio, por el que habíamos subido, decidimos dar una vuelta más grande, pero conocer nuevas zonas, apareciendo en el río Budapest a la altura del monumento a San Gerardo, que es una cascada de agua rodeada de verde muy espectacular.

Visto todo lo que había que ver en Budapest, tanto a un lado del río como del otro, sólo nos quedaba volver a coger la barcaza y acercarnos a ver la isla Margarita, y recorrer las aguas del Danubio de noche. La isla Margarita es muy llamativa, porque se encuentra en mitad del río Budapest, y dentro de ella son todo jardines, fuentes, y complejos deportivos, en donde había multitud de húngaros haciendo deporte de todo tipo (desde fútbol, rugby, correr, crossfit...), además cuentan con dos grandes piscinas públicas que estaban abarrotadas de gente. Por allí estuvimos paseando un buen rato, contemplando a los deportistas, y sobretodo las fuentes, que al atardecer se alumbraban con luces, lo cual daba una sensación óptima maravillosa. Pero lo mejor vendría a la vuelta, cuando volvíamos en el barco al hacerse de noche y poder observar el Parlamento, Puente de las Cadenas, Castillo de Buda, y demás edificios de la ciudad con las luces nocturnas, recordándonos a las imágenes de postal que tanto habíamos visto en los libros e internet. Ese día no dio tiempo para más, al menos en lo que a Pablo se refiere, porque yo tras la cena me fuí a conocer el Instant Club, uno de los llamados bares en ruinas de la ciudad, que son pubs o discotecas que usan edificios antiguos medio abandonados, y los convierten en locales de fiestas, decorados con todo tipo de detalles, muy interesantes de ver, pero con precios muy prohibitivos en su interior.

 

El día siguiente era el de despedida de Budapest, para dar la bienvenida a Bratislava, ciudad que pese a ser capital, apenas tiene turismo si la comparamos con sus vecinas Viena o Budapest, pero es que claro, al estar tan cerca, no tiene tanto tirón. Es una ciudad muy pequeña, y donde quitando el castillo de Bratislava, apenas hay mucho para ver, y si es cierto que es mucho más barata que las anteriores, probablemente esto dure poco, porque gran parte de las multinaciones americanas y europeas están radicando su sede allí, lo que hace que sea de las ciudades que mayor poder adquisitivo está teniendo en Europa del Este en los últimos años.

 

Nosotros nos alojamos en un hotel muy bueno en el centro de la ciudad, y por un precio bastante barato, lo que se agradecía después del dineral invertido en las otras ciudades. Lo más llamativo del centro de Bratislava es ver los tranvías circular por la ciudad, y es que ya cada vez quedan menos por Europa. Eso sí, y las chicas eslovacas, que tal y como habíamos oido, eran de las más guapas de las europeas, lo cual pudimos admirar con nuestros propios ojos.

Ese mismo día por la tarde fuimos a visitar el Castillo de Bratislava, que da escudo a la ciudad, y que aparece en todas las insignias y emblemas. No entramos dentro, si no que sólo observamos los jardines y el exterior, contemplando las vistas al otro lado del río Danubio y el barrio obrero de época comunista de Petrzalka. Lo que más llama la atención, es coomo apenas hay tirón de barcos turísticos en el Danubio aquí en Bratislava, en comparación con lo que había en Budapest, donde había hasta barcos cruceros gigantes recorriendo el río.

 

Continuamos nuestra ruta por la Puerta de San Miguel y las calles peatonales de la zona, así como por la Plaza Central y la Fuente de Maximiliano. Ese día por la noche salimos a tomar algo por Bratislava, para intentar conocer a alguna de las chicas guapas de la ciudad, pero el día acabó en un gran viento y lluvia, que nos pillaría en mitad de la ciudad, acabando el que os escribe sin camiseta y empapado bajo la lluvia, pero amenizado por los cánticos de unos hooligans irlandeses, que iban a un partido de fútbol esa noche...

 

El último día de nuestra estancia en tierras centroeuropeas se completaba con una visita guiada, nuevamente con el estilo Free Tour, la cual empezaba en unas fuentes muy bonitas en la plaza Haviezdoslav, enfrente de lo que hoy en día era el edificio del Teatro Nacional, allí cerca nos hicimos unas cuantas fotos con una escultura de bronce, que representa a un trabajador saliendo de una alcantarilla. Después el guía nos llevó a una zona más a las afueras a visitar una serie de pinturas murales que haía en la fachada de algunos edificios, para acabar la ruta en la conocida como Iglesia Azul (por el color de su fachada). Y poco más había que hacer en la ciudad, porque no había mucho más que ver, y nosotros ya la teníamos más que pateda en los dos días que llevábamos allí. Así que, lo único que nos quedaba por hacer esa última tarde de viaje, era cruzar el Danubio y acercarnos a ver el gran Parque Sad Janka Krala, que estaba antes de llegar al barrio obrero de Petrzalka, donde pudimos contemplar a jóvenes y no tan jóvenes hacer deporte, y hasta ardillas entre los árboles del parque.

Antes de que se hiciera de noche y tuviésemos que coger el bus al aeropuerto de Viena, Pablo se fue a descansar un rato, y yo me fuí a ver lo poco que quedaba por ver de la ciudad, los jardines del Palacio Presidencia del gobierno eslovaco, y la cercana Plaza de la Libertad, construida con un estilo soviético muy apreciable, al igual que los edificios de su entorno.

Llegada la noche tocó comernos unos bocadillos en un parque al lado de la estación de bus, para hacer algo de tiempo, hasta que salieramos dirección Viena, en donde nos esperaba una noche de dormir en el aeropuerto, encima de unas sillas lo más incómodas que recuerdo, y donde era imposible concicilar el sueño, tanto por los ruidos e incomodidades, como por la luz...

 

Gracias!!!

Rally.

 

ÁLBUM FOTOGRÁFICO. (pasa sobre las imágenes para verlas en grande).

 

¿Dónde está Rally?